Con unos sonoros delicados golpes en la puerta, Beatrice se acomodó en el sillón de cuero ocre. Acto seguido, esbozó una sonrisa amplia y dulce.
- Pase -. Invitó con un agradable hilo de voz.
- ¿Me ha llamado... -. Preguntó sin atisbo de duda o intimidación un hombre adulto, que cerró la puerta y se acercó a la mesa del despacho.
- Claro, profesor Ozonka. Siéntese, por favor.